martes, 11 de diciembre de 2007

El circulo de nunca Acabar

Abro los ojos y al despertar mi conciencia, anhelo por algún momento estar en otro espacio. Cuando me desaferro a ese vil pensamiento, vuelvo a esperar con ansias la hora de dormir. Para algunos eso es la esperanza, la última que queda.

lunes, 29 de octubre de 2007

En Distancia Y Afonia de Llanto

En distancia
-“Los hombres solamente cargan el peso que pueden llevar”- dijo- Como pueden creer en patrañas como estas. Si fuese así, no estaríamos aquí ahora.
-Pero tal vez debió ocurrir de esta forma- contestó su hermano- Uno nunca puede controlar su vida.
-Estoy de acuerdo con eso- dijo su madre- Si domináramos todos nuestros actos, la vida seria sencilla.
-Si sé que uno no puede dominar su vida-dijo él- Pero ¿Por qué le ocurre esto a los imbéciles? ¿Acaso fallé algo en la vida?
-Nadie puede decirlo- dijo su madre- Pero de ti depende arrepentirte antes que...
-¿Arrepentirme?... Acaso... ¿Hice algo malo?- dijo él- deberían agradecerme la valentía que tuve. No creo que alguien haya hecho esto antes.
-No seas idiota- gritó su hermano- Estás en las manos de ellos y sigues siendo soberbio. Cede tu espacio por un momento. Por lo menos finge que lo haces.
-¿Fingir?- dijo él- No conozco esa palabra.
-¿Por qué me haces esto?- Replicó llorando su madre- Siempre te di todo lo que pude. Nunca te faltó nada.
-Lo hago por que lo siento- dijo él- Por que creo en mi corazón.
-Ya empezaste de nuevo con eso- dijo su hermano- Esas son idioteces. Piensa según la sociedad. Nunca podrás lidiar contra ellos. Asume tu derrota.
El ambiente estaba tomando un aire tenso, cuando se acerca un guardia y les dice:
-El Juez está listo para iniciar la sesión.
Los tres se levantaron e iniciaron la marcha por distintos lados. A cada uno le tocaba un escenario distinto.
Él estaba bastante melancólico. Lo que dijo su hermano es muy frío pero cierto. Lo mejor era unirse a las masas.
Pasaron dos horas cuando salieron todos de la sala. Hubo algunos ojos con lágrimas, otros con gran felicidad y el resto indiferente. Él se encontraba terriblemente angustiado. Evadió todas las acusaciones con maestría (como se lo aconsejó su madre)
Y fue declarado inocente ante la ley. Su madre y su hermano estaban contentos. Al fin el rebelde había mirado la realidad. Pero él estaba muy lejos de su conciencia. Cuando faltaban unos cuantos pasos para abandonar el recinto, se devolvió enérgicamente gritando:
-Yo la maté, yo la maté... Por favor enciérrenme, yo la maté.
Cuando faltaban cinco minutos para las seis fue enterrado el cuerpo inerte de su víctima, y con ella, la libertad de su victimario.
Afonía de Llanto
¿Cómo se defienden aquellos que ni siquiera pueden emitir una palabra? ¿Aquellos que ni en sueños han conocido la luz? ¿Cómo lo blanco es capaz de sellar toda evidencia que una a la muerte con el conocimiento de sanar? ¿Será posible que los santos tengan rebeliones?
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Hoy nuevamente la oscuridad reina la inocente mente de una niña. Pero eso no es lo peor. Lo más terrible es que lleva en su conciencia una flor apagada sin voz. De noche cree escuchar su llanto inexistente. De noche llora porque la historia pudo tener otro desenlace, en vez de una liberación condenatoria.
¿Fue justo cortar el hilo que unía a esa niña con una mujer? Ahora será una mujer sin vida, acorralada por el delirio de su propia muerte.

El último dolor y Final

El último dolor

Martes 13 de septiembre del 2005

Corrí apresuradamente desde la micro hacia mi casa, apenas ésta había llegado al paradero. Eran cerca de las 20:50 de la noche y para mí significaba un leve atraso en lo que había planeado.
Hoy irónicamente, casi como una despedida a mi vida, fue uno de los días más asquerosos de los que mi existencia logra recordar; la calle repleta de gente (situación rutinaria que odio), parecía hacerse más angosta, mientras las personas crecían en número.
-Es como una lata de pescados-me dije- Todos apretados y sin vida.
El día en sí no tuvo la culpa; esta semana estuvo cargada de horrores que no quisiera enumerar, excepto uno bastante particular: Era uno de esos días comunes y silvestres cuando una niña de unos cinco o seis años me pidió que abrochara sus zapatos. Yo, en mi estúpida soberbia, me negué, poniendo como pretexto un supuesto atraso a una reunión. Ella quedó en silencio, y yo me aleje con un inmediato cargo de conciencia inconmensurable. A pocos más de cien metros, vuelvo arrepentido a cumplir el sutil favor. Mi sorpresa estalló cuando la veo en medio de la calle, boca arriba, con los ojos desorbitados y con un liquido muy extraño y repugnante saliendo por su boca. En el lapso de tiempo que yo me alejaba, ella caminaba en sentido contrario (supongo que distraída) cuando fue atropellada por un camión. Dudo que sea capaz de perdonarme tal barbaridad. En su velatorio, cuando trate de rezar por ella, solo nació de mis labios un: “Lo Siento”.
Pero ya no me pesa tanto. Tal vez lo asumí como pasado.
El tramo del paradero de micros hasta mi casa es un poco más de tres cuadras. Demoré muy poco en llegar a ella. Realmente estaba apurado.
Abrí la puerta y de un brinco apareció mi gata junto a un agudo: “Miau”. Le di comida y la encerré en la cocina. Desde afuera le grité:
-No me pidas Explicaciones.
Fui a mi cuarto y vi mi reloj despertador (objeto conque lidie muchas veces. Sobretodo en las mañanas.) Marcaba las “21:05”. Al instante me aseguré que me encontraba solo en la casa. No quería dañar la fiesta.
Muchos son los puntos vitales del cuerpo, pero no herí ninguno de ellos hasta el final. Desde niño imagine mi muerte y no quería que fuera rápida; deseaba sentir el verdadero dolor de extinguirme.
Algunas veces me comentaron que poseía una cierta belleza física, cosa que me importaba bien poco. Con el primer cuchillo que había preparado comencé a darme cortes en la cara: Los primeros cortos y sutiles, en los posteriores hundía el cuchillo cada vez más.
Eran las 21:13 cuando ya no soportaba más el dolor. Sentía la cara hinchada. De una bolsa saqué cal e inmediatamente me la esparcí por el rostro, como si buscara bloquear la sangre y “purificar mi rostro”.
La cal y la sangre hicieron una especie de pasta pestilente. Al darme cuenta que no iba según lo planeado, limpié mi cara con una áspera toalla. El procedimiento dolió. Ya más limpio, volví a bañarme en cal. Al cabo de un rato estaba completamente blanco. Me vi en un espejo y reí a carcajadas. La cal tiñó mis ropas oscuras y parecía un verdadero ángel malogrado. Al fijar la vista en mi rostro me horroricé y por respeto a mi cuerpo prefiero no describirla. Pasaron unos minutos y volví a sangrar.
Estuve sentado en mi cama unos minutos, no sé cuantos. Fui a la cocina y busqué la típica botella de vino que guardábamos para ocasiones especiales. Nunca estuve de acuerdo con esa medida. Si no se disfruta en el momento, después puede ser demasiado tarde.
Al terminar el tercer vaso de vino retome mi tarea. Tomé un cuchillo un poco más grande e inicié el procedimiento que más anhelaba: Desollar mis brazos con lentitud y maestría.
Luego, y en una especie de juego, ocupo una técnica de dolor antigua: echo cascadas de sal en las heridas recientes. El dolor fue tremendo. Mis músculos se retorcían y yo chillaba.
Cuando mi cuerpo se acostumbró a la presión, vi la hora nuevamente: “21:27”.
-Falta poco y a la vez mucho- vociferé.
Así, con el tiempo que me restaba de sobra, tomé mi gastada guitarra y deje fluir un par de melancólicos acordes. Ella, en signo de defensa a mi inmundicia (supongo que se dieron cuenta que estaba mutilado) cortó una cuerda. Furioso, la lancé contra la pared y esta, al chocar, se rompió en dos. Fue lo que más dolor me hizo sentir. Después de dos años sin lágrimas, lloré como nunca lo había hecho. Pero debía mantenerme firme para finalizar lo que yo mismo inicié.
Hacia unos meses nació una adicción en mí. Por sufrir una especie de insomnio, tomaba periódicamente pastillas para dormir, y en honor a esto decidí que ellas marcarían mi final.
Vacié el frasco en mi boca y bebí un té que había preparado con anterioridad. Fueron alrededor de veinte pastillas (mi madre me retaría por gastarle tantas) y a los tres minutos mi cuerpo deshecho caía en la cama preso del sueño. Alcancé a ver el reloj: “21:36”. Antes de caer por el sueño, dije una palabra que siempre tuve temor por su significancia: “Adiós”.
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De súbito desperté. No sé cuanto había dormido. Estaba en una sala blanca y helada, conectado a cientos de tubos y vendado de pies a cabeza (supuse que era un hospital.)
Lo único libre era mi mano izquierda, aquella, que en su tiempo, tanto odié. Pasmado, vi el pintoresco reloj mural: “09:36”.
-Mierda- dije- Como no lo entendí.
Hace unos meses atrás tuve un sueño de relojes, ancianos y muerte. Interpreté toda mi visión, que según yo, como el aviso de la hora de mi muerte: “9:36, de la semana medial de septiembre”. Al ver todo mi sueño en oscuridad, supuse que era de noche. Entonces debí morir a las 21:36. Cometí un grave error (uno de los tantos de mi vida.) Me desfasé a la hora de mi muerte en 12 horas.
-En realidad- pensé- Aún puedo cumplir mi deber-
Examino el escenario y me fijo en el balcón de la ventana. Séptimo piso. Buena altura.
Me poso sobre ella y echo una última mirada al mundo y para fines de suspenso (siempre me gustó esa sensación) inicio el común conteo:
-Uno... dos... tres... cuat... ups, las 09:37... diez.

Miércoles 14 de Septiembre del 2005

Final
Seis de la mañana. Día lunes, con una leve pincelada de neblina en el ambiente. Ayer fue un día extrañamente tranquilo: Acólito en la misa de mediodía, algunos saludos y frases como: “Ojalá sepas lo que haces” y otras como “Buena decisión”, además de cierta tristeza en el aire casi imperceptible, excepto por él y por ella. Ellos dos nunca fueron amigos reales. Él la llamaba como la llave de la felicidad... De su felicidad. Ella contenía sus lagrimas en aquel momento, porque se alejaba para siempre de su vida. Supuestamente volvería, pero ya no sería el mismo. Ahora lo transformarían en un cordero dispuesto a sacrificarse por su pastor.
Ese momento de despedida momentánea ( porque se verían nuevamente en la fiesta de despedida) duró un par de minutos, con intercambios de profundas miradas, como esas que desgarran el alma. Aquel sublime momento fue interrumpido por los amigos de él, invitándolo a una última salida. Él no iba a morir, pero muchos sentían que pasaría algo parecido.
Al cabo de unas seis horas comenzó su despedida: Hubo música, mucha comida, algunas fingidas risas y otras un poco más honestas. Ella no había querido asistir, pero al último momento se arrepintió. No quería perderse esta velada.
Cuando se encontraron de frente, el silencio fue profundo (a pesar del tremendo ruido) No hubo más que ellos dos perdidos en el ambiente. No bastaron palabras. Se tomaron de la mano y corrieron hacia fuera, escapando de la vida y la muerte, de la responsabilidad y del sistema, escapando de sí mismos.
Ambos sabían que se amaban, pero nunca se concretó nada. Aferrados con fuerza y temblorosos de nerviosismo, sus labios se besaron sutilmente. Cuanto deseaban que ese momento fuese eterno, pero no lo sería.
Ya a las 23:00 hrs todos se habían ido, excepto ella. Nuevamente callados, antes de irse ella dijo la única palabra de la noche: “Discúlpame”.
Él aguantó las lágrimas y caminó rápidamente a su habitación. Esa noche no pudo ni dormir ni llorar.
Ahora caminaba, de madrugada, hacia la dirección que le dieron hace unas semanas; el trámite para ingresar fue extraordinariamente rápido.
Llegó a la puerta a la hora acordada. Un anciano vestido de negro lo esperaba. Respiró profundamente y enumeró sus vivencias, concluyendo que no había hecho nada que lo empujara hacia esta decisión. Tal vez torció su destino, o tal vez su destino era así.
Miró nuevamente la puerta de entrada (que no es de salida) y leyó su cartel: “SEMINARIO DE LOS PAULINOS”.Se acordó de su carta de Tarot preferida: La muerte. Ahora se veía a sí mismo, finalizando su vida e iniciando otra. Una vida que no era suya. La vida del sacerdocio.

jueves, 12 de julio de 2007

Por última Vez

Cuando estés solo, cierra tus ojos, exhala todo el aire que tengas y deja de respirar. ¿Te atreves a cruzar el umbral? Se que podrias muchas veces

lunes, 23 de abril de 2007

Ensayo

Caía una otoñal noche y decidió irse. Su chaquetón oscuro sería suficiente para la helada travesía y aún así llevo sus pálidos guantes y su sombrero a la batalla. Mientras, Ursula se vestía con delicadeza, ruborizada todavía por el febril encuentro sexual. Su pelo suelto le daba apariencia de diosa pagana y sus ojos serenos era el manantial que él bebía cada noche.
Había sido un largo día de apariencias y ahora se mostraba cual tal era. Sumergía su mano en su pecho y se dejaba llevar por las divagaciones constantes del enamorado. Emile era el único que conocía aquella bipolaridad. Su punto débil, como lo llamaría más adelante, fue el instinto que lo llevó tan lejos. Más allá de donde llegaba su talento. Cuando salió, la calle se tornó desierta. Uno que otro vagabundo deambulaba alcoholizándose cada diez metros. La angustia era su móvil y nadie lo notaba. Solo caminaba ampliando su pecho y visualizando su objetivo. Dentro de su chaqueta llevaba la daga que lo caracterizaría. Recitaba para sí una frase, que volvía a repetir cada vez que la terminaba:

"Y los ángeles caerán con sus espadas
preservando solo al justo,
porque los hombres
han perdido el camino de Dios"

Así, sin darse cuenta de la distancia llegó a la puerta de Lanfontaine, llamó un par de veces y entró.


domingo, 22 de abril de 2007

¿Y ahora que?

Nada... solo termina.

sábado, 21 de abril de 2007

Las cenizas que una vez fue un corazon sin lágrimas

Cuando solo quedan restos de lo que fue. Puedes recordar y soñar, reír y llorar o solo quedarte pensativo, ensoñando cada imagen de tu pasado, cada detalle, cada rastro de existencia. Vagar es lo más común. Deambular entre cada rincón abandonado, buscando donde reposar tu sufrimiento, se vuelve pan de cada día. Gozas de la libertad plena, pues has roto todas las cadenas que te sostenían a algo... pero ¿Uno está preparado para la libertad?
Llegar a ese estado cuesta bastante. Tanto que nos demoramos muchísimos años en asimilarlo. Otras veces ya nacemos con esa idea, y no es conveniente. Nacimos solo para vivir y nada más. Un día mueres y listo. se acabó el show. Es tan común la muerte entre tanta vida, que no la vemos ni la sentimos hasta que nos escoge o hasta que la escogimos... ¿Será que se pueden invertir los papeles por un tiempo? ¿O será que no todos somos parecidos?
Eso se sabe con el tiempo. Los ojos reflejan el alma, pero no la mente. Y la mente, es un enemigo que conviene tener de nuestro lado. Nada más a decir.