Podría estar en mi cama llorando en este momento. Boca arriba, mirando el techo, enumerando cada imagen, cada palabra, cada olor. O quizás, tomando un bus a cualquier parte, a algún lugar. Me sería grato creer que soy capaz de irme sin motivo. Solo caminar y caminar. Una calle desierta, larga, amplia. Los árboles bordean el camino, mientras éste se pregunta porque nadie lo ha visitado últimamente. La suave brisa acaricia mi piel, la reanima, la busca. Entonces cedo a la pereza… me recuesto en la hierba... y sonrío; No puedo juzgar a nadie. Creo que nadie puede juzgar a alguien. Pero creo en mis instintos y, a veces, me llevan a partes y situaciones que desconozco. No quiero dormir, no quiero comer, no quiero vivir, no quiero pensar.
Supongo que estoy loco. Lo supongo porque no quiero averiguarlo y no puedo dejar de creer. Tal vez, porque aún quiero creer. Es un maldito defecto.
Estoy seguro que un día de estos me miro en el espejo en la mañana y veré a un tipo demacrado por su propia vida ¿Por qué su recuerdo aparece a cada minuto? ¿Por qué no me deja por un instante? ¿Me estaré equivocando?
Ya no puedo sostener ni mis pies en la tierra. No quiero avanzar, no quiero soñar. No quiero soñar.
Puedo pasar toda la noche pensando lo mismo, divagando y perdiendo tiempo. Pero ya no puedo. Vi la verdad. Vi mi verdad. Ahora es donde supe la diferencia que existe entre yo y el mundo. Nadie es mejor ni peor.
No quiero llevarme algo. Solo abriré esa maldita puerta y no pisaré más este lugar. Pero temo que eso no seria suficiente.
Voy con mis pies amarrados, tirando, jalando, uno y uno, hasta que mis huesos caen al precipicio. Entonces lo veo. Flota sobre mi cabeza como un espíritu milenario y caigo bajo su hechizo. Mi pecho arde y se retuerce, pidiendo a gritos la liberación, pidiendo perdón.
A veces me dejo llevar por el llanto y creo que todo está muy lejos. Ahí veo que tengo en realidad. Ahí estoy en la realidad. No pertenezco a alguna parte y no quiero seguir intentándolo…
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